Y felicidades para el madridismo, para Mourinho y para todo aquel sufridor que dedicó 120 minutos de su miércoles prefestivo a contemplar el triunfo del Real Madrid, ante el FC Barcelona (0-1), en la final de la Copa del Rey. Mágico, intenso, fútbol en estado puro. Un sin fin de adjetivos para describir un partido vibrante, con dominio repartido por partes y que se materializó en el decimoctavo título copero de los blancos, curiosamente, 18 años después del último.
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